Amar sin miedo a malcriar, de Yolanda González

Después de leer varios libros sobre el embarazo, el parto y el puerperio me apetecía indagar un poco más sobre las fases siguientes del desarrollo infantil y encontré a Yolanda González.

La primera parte del libro es interesante, habla del desarrollo emocional de los bebés, el embarazo, el parto, el vínculo y el apego. «Bueno, cuenta lo mismo que los demás», pensé. Pero luego llegué al desarrollo del niño hasta los dos años, y me enganché enseguida.

Hay ejemplos clarísimos para saber qué hacer exactamente en casos como las famosas «rabietas» y otras situaciones cotidianas. A pesar de que Yolanda defiende que cada familia y cada caso hay que abordarlo de forma personalizada, nos da las claves para enfrentarnos a posibles conflictos que suelen surgir.

En general, lo más importante es la coherencia y la empatía. Muchas veces pensamos que, por el hecho de ser adultos, nos damos cuenta de cosas que a los niños se les escapan pero, sin embargo, en ocasiones actuamos por cabezonería sin reparar en que no podemos decir un día que sí a una cosa y al día siguiente prohibirlo.

Otra de las claves es anticiparse. Se evitan muchos conflictos si nos adelantamos a lo que pueda pasar. Y también insiste en que es más acertado centrarse en la causa de los problemas en lugar de pensar directamente qué hacer pues solemos atender solo la conducta cuando la clave es el por qué.

Amar sin miedo a malcriar

Muchas veces confundimos sobreproteger con amar. La sobreprotección resta autonomía e impide un desarrollo saludable pero no por el contrario el amor. Esto no quiere decir que haya que darle a los niños todo lo que piden. Una forma fácil de distinguir dónde no hay restricciones es en las necesidades afectivas. Tocar, abrazar, acariciar mimar… Éstas necesidades son innatas en nuestra especie y contribuyen a la seguridad afectiva de todo ser humano, por ello no deben ser nunca limitadas, no así aquellas cosas que se pueden comprar o consumir.

Autoridad otorgada

Es cierto que, a veces, se ha pasado de la posición autoritaria («porque lo digo yo y punto») al dejar hacer, donde se confunde la maternidad/paternidad con la amistad y los niños no tienen ningún referente. Ni una cosa ni la otra, los extremos nunca son saludables. Hay otras formas de lograr nuestros objetivos sin recurrir a la imposición donde ambas partes salgan beneficiadas. Es mucho más sencillo si empleamos el contacto y la empatía.

A través de la prevención y la autorregulación, el adulto obtiene una autoridad otorgada, por tanto no impuesta. De este modo, intervienen los dos protagonistas y se establecen «límites» pero teniendo presente al niño.

Las famosas «rabietas»

Al igual que los «límites», es un término que implica una connotación peyorativa. En definitiva, es una emoción que expresa rabia y, como tal, hay que atenderla adecuadamente, no descalificarla.

Hacia los dos años de edad, los niños empiezan a decir «NO» a todo como respuesta a múltiples situaciones. Y dice no para poder decirse «SÍ» a sí mismo, dado que es una fase de progreso hacia su autonomía.

Las rabietas se han considerado siempre molestas y símbolo de una mala conducta, fruto de padres o cuidadores que han malcriado a sus pequeños. Se suele evitar que los niños «se salgan con la suya» ignorando tal comportamiento o castigándolo. Se considera una respuesta poco «racional» pero está claro que no podemos esperar una extensa explicación con palabras en esta edad.

El problema es que normalmente no se aceptan ni se entienden el llanto y las rabietas de los niños pequeños. Hay que parase a pensar en la emoción que a nosotros mismos nos produce esa rabieta (rabia, impotencia, angustia, el qué dirán…). Hemos de conectar con nuestra propia emoción pues de ella va a depender una respuesta adecuada o inadecuada.

Las rabietas suelen deberse a una excesiva sobreestimulación, alguna frustración que no se puede asimilar, al cansancio o a haber recibido muchas negativas del adulto. Es muy importante aceptar y acompañar al niño que las sufre.

Para enfrentarnos a estas situaciones, Yolanda nos aconseja que no nos enganchemos a su rabieta (oséase, que encima nosotros no nos enfademos más), que nos preguntemos qué le habrá pasado y que le demos nombre a su emoción (los niños pequeños no saben verbalizar sus emociones; si les ayudamos a ponerle nombre se sentirán entendidos), entre otros.

A lo largo del libro también se abordan otras fases evolutivas de los niños pequeños como el gateo, la lactancia y el destete, los miedos y la envidia y los celos, entre otros. Por tanto una publicación más que recomendable dado que es muy completa y clara. Está entre mis favoritos.

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