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Anna Brix Thomsen

Es una de las cosas que peor llevo de ser madre, el aprender a enfadarme. Antes de ser mamá, supongo que era una necesidad latente pero nunca llegaba el momento de ponerme a ello. Sin embargo, cuando tienes hijos, se hace más necesario que nunca aprender a enfadarse.

¿Y qué es eso de aprender a enfadarse?

Desde que pasé por el proceso de coaching, me di cuenta de que no es malo enfadarse. De hecho es algo sano y natural. Como ya os conté una vez, las emociones negativas no existen. Pero ahora es cuando entra en juego la inteligencia emocional que tan importante me parece a veces y que tanto me cuesta llevar a cabo otras.

Decía que enfadarse es algo inherente al ser humano. Sin embargo, hay muchas formas de enfadarse. Uno puede enfurecerse y dejarse llevar por la emoción, y gritar y despotricar, y salpicar a los demás (cosa que no nos lleva a ninguna parte porque lo importante no es lo que se dice sino cómo se dice, por tanto, aunque nos hayamos enfadado por culpa del otro, decírselo en caliente de mala manera no solucionará nada y nos hará sentirnos culpables por no haber sabido gestionar esa rabia inicial), o bien darse cuenta de que uno está o se está enfadando, tomar conciencia de ello y buscar un espacio donde dejar que ese enfado se apacigue o al menos baje de nivel (quizás respirando hondo, estando callado, buscando un lugar para estar solo, saliendo a dar un paseo o el modo que cada uno encuentre para despejarse).

¿Cuánto dura un enfado?

No recuerdo dónde leí que la duración de un enfado es de noventa segundos. Un minuto y medio. Sabiendo eso, podemos esperar a que ese primer calentón se nos pase sin pagarlo con los demás diciendo, por ejemplo, «ahora no, estoy enfadado». Lo he probado y funciona. Aunque después uno siga algo enojado o irascible, ya no es lo mismo. Conseguida controlar la exaltación inicial, se suele gestionar bastante bien.  A veces, sentimos por dentro cómo, poco a poco, el nivel de irritación va subiendo hasta que estamos a punto de estallar. A lo que me refiero es al punto álgido de esa exacerbación, ése es el momento clave, cuando podemos liar la marimorena o empezar a hacer las cosas de un modo distinto.

En ello estoy. Por eso hablo de que tengo que aprender a enfadarme. No digo que sea fácil, pero se puede. A veces uno tiene que convivir con su «lado oscuro» interno, no podemos hacerlo desaparecer, la clave está en saber dominarlo.

¿Y vosotros, qué hacéis cuando os enfadáis? ¡Feliz martes!

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