Portland Photographer, Gretchen Davis Photography

Me da mucha rabia aceptar los convencionalismos o algunas «frases hechas». Es una especie de rebeldía adolescente que me impide reconocer que, a veces, y solo en parte, llevan razón.

Los hijos te cambian la vida.

Bueno, pues sí. Te cambian porque ahora tu vida es diferente de como era antes. Ahora soy mamá y antes no lo era. Es evidente que algo ha cambiado. Pero me cuesta asumir esa connotación latente que parece subrayar algo así como «a partir de ahora, ya no tienes vida, ya no puedes hacer lo que quieras. Tus hijos lo ocupan todo». Pues, en ese punto, ya no estoy tan de acuerdo.

Yo sigo siendo yo y, de hecho, más yo que nunca. Con todos mis miedos mucho más presentes y con mis defectos y mis virtudes a la vista. Es como si fuese yo misma pero amplificada (lo que se conoce comúnmente como súper poderes de madre, vamos). Los hijos son nuestro espejo y, por tanto, cada día nos muestran nuestro propio reflejo.

Pero me siguen gustando las mismas cosas, incluso puede que llegue a darles más valor puesto que ahora mis horarios dependen también de Elena. No estoy dispuesta a asumir que, por ser mamá, no vaya a retomar tantas cosas que me gusta hacer.

Sin embargo, bien es cierto que cada etapa tiene su momento. Y es que, desde que soy mamá, me he sentido algo presionada por volver a mi rutina de siempre. Pero Elena solo va a tener un año, dos y tres una vez en la vida. Y yo no quiero perdérmelo. Ya habrá tiempo de hacer y de retomar, pero ahora QUIERO estar aquí.  Yo no sé si otras mamás necesitan despegarse antes o después de sus bebés, cada uno tiene su propio ritmo y sus circunstancias, pero yo todavía no siento que haya llegado ese momento.

Dice Laura Gutman que el puerperio dura desde el nacimiento hasta los dos años y que en este tiempo hay una completa «fusión emocional» que nos hace sentir desdobladas física y emocionalmente. Es una sensación difícil de explicar y supongo que la duración varía dependiendo de cada mujer.

En ocasiones, he rechazado invitaciones para ir al teatro o a cenar por dos motivos. Primero, porque quiero estar con Elena y no me gusta separarme de ella demasiadas horas y, segundo, porque sigo durmiéndola al pecho y se despierta a ratos, con lo cual ella me necesita. En «horario infantil» (como yo digo), lo que quieras. Me puedo llevar a Elena casi a cualquier sitio y también empiezo a hacer «escapadas» por mi cuenta sin sentirme tan rara. Pero, por la noche, salvo excepciones, prefiero estar pronto en casa.

A veces las personas de mi entorno no lo entienden. Me hablan de otras mamás que a los cuatro meses de dar a luz ya han retomado su vida de antes y se sorprenden de mi respuesta. Piensan que estoy demasiado apegada a mi bebé, que quizás deba despegarme un poco más o que soy algo exagerada. Sugieren que quizás deba acostumbrar a dormir a Elena de otra forma para tener más libertad o tener más flexibilidad, que tener un niño pequeño no es excusa. No entienden que yo quiera eso.

Claro que no pienso que no se pueda hacer nada más ni que mi vida tenga que estar centrada absolutamente en la crianza, para nada estoy hablando de eso. Lo que me sorprende es que crean que lo mejor para mí sea separarme un poco de Elena. Se presupone que quiero volver a mi mundo de antes pero ¿y si no quiero? ¿significa esto que no soy una mujer del siglo XXI o, por contra, el avance quiere decir que cada uno es libre de escoger qué prefiere hacer en cada momento? Me refiero a que si opto quedarme en casa parece que no soy una mujer moderna, que no he sabido adaptarme, que tengo que obligarme a salir más.

Como os decía, también influye esa rebeldía de negarme a que me digan lo que tengo que hacer. Nunca me ha gustado que los demás decidan por mí. Creo que, la mayor de las veces, sé mejor que ellos qué prefiero para mí. Y es que, por ahora, creo que mi puerperio todavía no ha tocado a su fin.

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