Coaching e inteligencia emocional

Hace ya casi un año, andaba yo buscando algún grupo de crianza por las tardes (que por cierto no encontré, solo había por las mañanas) cuando aterricé en la página de Coaching e Inteligencia emocional del Espacio Creovida. Desde que nació Elena, algo dentro de mí se removía, tenía muchas preguntas, quería hacerme cargo de mis propias sombras para no cargar a mi pequeña con ellas, pero no conseguía definirlo del todo. Al leer este texto (que os copio aquí abajo) sentí que era justamente eso lo que estaba buscando.

Para todas aquellas mujeres y hombres que esperan un bebé, madres y padres, familias y educadores que se cuestionan y quieren aprender más sobre sí mismos… para poder ser un mejor modelo y ofrecer un mejor acompañamiento a los más pequeños.

El coaching es un proceso de crecimiento interior, de búsqueda de preguntas y descubrimiento de respuestas, elegido libremente, que consiste en un acompañamiento profesional basado en el respeto, la escucha y la presencia, que desafía al cliente a poner en marcha lo mejor de sí mismo para alcanzar los objetivos que quiere. Es un espejo en el que mirarse para descubrir la belleza y la fortaleza interior, para atreverse a emprender nuevos caminos. Enriquecedor en procesos de cambio, como la maternidad/partenidad, aporta mayor grado de autoconciencia sobre quién soy, qué quiero y qué recursos tengo/necesito para alcanzar mis metas, incrementa la seguridad y la confianza en uno mismo y aporta claridad vital para poder elegir lo que quiero ser, hacer, tener.

De modo complementario, las emociones son la chispa que nos enciende y nos dan la energía necesaria para caminar. La inteligencia emocional nos muestra cómo funcionamos y podemos aprender a gestionar y manejar nuestras emociones de un modo óptimo y saludable para nosotros mismos y en la relación con los demás, en especial, con los más pequeños.

Ana Arribas, Coach Personal y experta en Inteligencia Emocional

Enseguida contacté con ellas para solicitar información y concerté una cita con Ana, mi coach, para tener una charla acerca de qué es lo que yo estaba buscando y si el coaching podía ayudarme. Por supuesto que Ana me gustó muchísimo desde el primer momento, y decidimos iniciar el proceso.

En nuestro caso, acordamos vernos en una cafetería tranquila cerca de casa (también podía haber sido en su despacho o por Skype, pero escogimos esta opción, a mí me resultaba más acogedor así) y nos reuníamos cada dos o tres semanas durante una hora. Previamente, Ana me enviaba unos cuestionarios para preparar cada sesión y sobre ellos trabajábamos después (nada muy extenso, no os vayáis a creer; todo muy facilito y cercano).

Definir un objetivo

Lo primero de todo fue definir un objetivo, siempre en positivo y no como una negación de algo (como ejemplo, no valdría como objetivo «no quiero ser dependiente», sino «quiero ser independiente»). Como yo no tenía muy claro cuál era el mío (sabía que había algo por ahí que no me encajaba, pero me costaba definirlo), hablamos sobre ello hasta que conseguimos trazar un objetivo claro, que es el que marcaría todo el proceso.

Preguntas y respuestas

Ni que decir tiene que las sesiones eran súper agradables. Nos sentábamos a charlar, hablábamos sobre lo que íbamos a trabajar ese día y según le iba contando las dificultades con las que me encontraba, Ana me iba haciendo preguntas. Sorprendentemente, muchas veces me encontraba sin respuesta. Eran preguntas evidentes pero ¡que nunca me había hecho! ¡Yo, que le doy tantas vueltas a las cosas! Increíble, pero es así… (y además, creo que es algo habitual en los procesos de coaching; nos hacen preguntas evidentes que nunca antes nos habíamos hecho). Si os soy sincera, a veces esperaba que fuese Ana quien me diera la respuesta, pero es verdad que nunca se aprende igual si te dan las cosas hechas que si las descubres por ti mismo, ahí está el verdadero aprendizaje. Así que tenía que pensar un rato antes de contestar.

Creo que aquí, empecé a darme cuenta de «lo poco lógicos» que somos a veces. Actuamos por incercia, según unos patrones aprendidos, y no caemos en la cuenta de que a lo mejor estamos actuando de manera incongruente o contradictoria, incluso que, a veces, no hay problema donde nos empeñamos en verlo.

Resultados concretos

Una de las cosas buenas de los procesos de coaching, es que son medibles y, por tanto, tangibles. Siempre son cosas específicas, de modo que se puede valorar si hay evolución o no. Se trabaja sobre hechos concretos, hábitos cotidianos que cambiar para así encontrar una nueva forma de hacer las cosas (y por tanto crear nuevas conexiones neuronales que nos permitan tener alternativas a la hora de hacer las cosas).

A veces también, Ana dejaba caer pequeñas «pildoritas» de inteligencia emocional (un mundo apasionante, por cierto) que me ayudaban a entender mejor mis reacciones o la forma natural que tenemos las personas de razonar, sentir o actuar, inherentes al ser humano. Fue aquí donde aprendí lo que es la asertividad, la forma adecuada de decir las cosas. No es bueno ni callarse ni atacar al otro, sino encontrar el punto medio donde aparece la empatía pero al mismo tiempo defendemos nuestra postura. No es tan importante «lo que se dice» sino «cómo» se dice.

Crecimiento personal

Solo puedo deciros que para mí ha sido un lujo pasar por este proceso. No un proceso como mamá, sino como persona (aunque, indudablemente, todo cambio que me afecte tendrá repercusiones en Elena), que me ha ayudado a crecer, a aprender de mí misma, a saber hacerme las preguntas correctas, a comprender que cualquier cambio es posible y que además está en nuestra mano. Es un proceso largo que aún sigue después de terminar las sesiones (en mi caso creo que fueron ocho, si no recuerdo mal). Los cambios no ocurren de la noche a la mañana, pero ahora sí que cuento con las herramientas para seguir mi camino sola.

Así que, por mi experiencia, es algo que os recomiendo muy mucho. Tanto si sois padres, como si no.

Si queréis poneros en contacto con Ana, podéis escribirla a coachingesvida@gmail.com

¡Feliz miércoles!

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