Spooky DIY Halloween Party

Emily Magers

Al menos en nuestro caso.

Cuando los niños son aún pequeños (hablo de alrededor de dos años y medio), no siempre se puede razonar con ellos. A veces están cansados, o sobreestimulados o han tenido un día duro y aún están aprendiendo a gestionar sus emociones (bueno, y seguramente los adultos también estamos en ello). Y si encima nosotros vamos con algo de prisa, o en ese momento tenemos la paciencia bajo mínimos, es la fórmula perfecta para que estalle el conflicto. Los mayores nos ponemos a insistir sobre algo (véase «hay que bañarse», «hay que vestirse», «nos tenemos que ir»), el pequeño no quiere y se inicia un tira y afloja en bucle del que difícilmente podamos salir airosos, a no ser que busquemos otra forma de hacer las cosas. Si nos da por repetirle mil veces lo mismo, lo único que conseguimos es precisamente lo contrario.

A veces, por ejemplo, vestimos a Elena sin mayor problema. Además, ella ya empieza a meterse las mangas, a subirse los pantalones o a elegir qué zapatos se quiere poner. Pero otras veces, algo tan sencillo se convierte en un imposible. Quienes no tienen niños se sorprenden, «¿imposible vestir a un niño?». Pues sí. Y si no imposible, al menos una tarea tremendamente complicada.

En esos casos, no basta con insistir, ni explicarles por qué queremos o necesitamos que lo hagan. Puede que en ocasiones funcione el llegar a acuerdos con ellos (aunque para mí en estas edades es difícil distinguirlo del chantaje, cosa que siempre intento evitar a toda costa) así que, en nuestro caso, solamente existen dos soluciones posibles. O bien esperar y dejarle que se tome su tiempo o bien distraer su atención con algo. Puede que intervenga algún muñeco (curiosamente suele seguirle más «el rollo» a ellos con nuestra voz impostada que a nosotros mismos), que la ropa cobre vida o que todo el proceso se convierta en un juego (nada de explicarles que hace frío, que se pueden resfriar o que nosotros también nos hemos vestido… con eso, pocas veces les vamos a convencer).

Sé que a veces nos sentimos cansados, o «no estamos para juegos», pero al final te das cuenta de que es la única forma de hacer las cosas o de que las cosas acaben bien. Es complicado respetar los enfados de los niños, porque pueden llegar a subir el nivel hasta niveles tremendos y nuestra paciencia se tambalea pero, como todo, creo que es algo que se puede entrenar o, al menos, procurar que sea la tónica general.

¿Y vosotros, cómo lo hacéis? ¡Feliz lunes!

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