Elena

Supongo que me lo imaginaba todo de otra forma.

Mi primera maternidad ha traído consigo verdaderos sentimientos encontrados y más aún ahora que, aunque no debiera, alguna vez he comparado entre mi primera hija y el segundo. Ha sido todo tan diferente… El hecho de no ser primeriza, la seguridad de saber un poco más sobre cómo funcionan las cosas, el carácter tan distinto entre uno y otro…

Una maternidad consciente

Creo que antes de ser madre, la idea que tenía en la cabeza era mucho más idílica. Está claro que no tuve en cuenta todos los procesos internos que me desencadenaría, además de que pensaba que, si procuraba escuchar las necesidades de mis hijos y seguir mi intuición, sería todo mucho más fácil. Nada más lejos de la realidad. Al menos hasta ahora, cuanto más escucho, más complicado se vuelve todo y, cuanto mejor quiero hacerlo, más cosas encuentro que debo corregir. El hecho de exponerse y tomar conciencia de los procesos internos que se desencadenan dentro de uno al convertirse en madre o padre, no tienen vuelta atrás. Por lo menos en mi caso, una vez que te expones ya no puedes hacer oídos sordos.

Es un proceso largo y lento y, también a veces, complicado de explicar. Es algo así como tomar conciencia de nuestra sombra, reconocer toda la carga emocional que uno trae consigo, y permitir que nuestros hijos nos lo muestren en frío y sin tapujos, para sacudir toda estabilidad y hacer tambalear el equilibrio interno que nos hemos conformado como adultos.

Según nos hacemos mayores, aprendemos a convivir con esa carga, nos acostumbramos a llevarla encima y se va posando cada vez más adentro, donde termina por adormecerse y con la que lidiamos en nuestra rutina diaria sin prestarle demasiada atención. Sin embargo, cuando tenemos hijos, se abre de pronto La Caja de Pandora y reaparecen de golpe y sin avisar multitud de conflictos no resueltos que permanecían escondidos desde hacía tiempo.

Tu hijo, tu espejo

Durante mucho tiempo, he estado luchando contra la idea platónica que me había hecho inconscientemente de cómo serían mis hijos. Sin darme cuenta, y como nos pasa en numerosas ocasiones, estaba proyectando lo que me gustaría ver, en lugar de mirar y apreciar lo que tenía delante.

Especialmente con mi primera maternidad, y según Elena dejaba de ser un bebé, me encontré con dificultades y comportamientos que no me gustaban, situaciones y reacciones que, según mis cálculos y siendo supuestamente respetuosa, no había tenido en cuenta. Y reconoceré que, sobre todo después de mi segundo hijo, cuando he vivido una maternidad mucho más fácil y disfrutona, me he sentido en ocasiones confundida y contrariada por no asumir posturas y conductas que nunca me han gustado y que, en realidad, no son más que mis propios defectos puestos en bandeja.

No siempre lo mejor es lo más fácil

Y sin embargo, me siento agradecida. Porque nadie me ha enseñado tanto como tú. Porque, a pesar de resistirme a reconocerlo, he conseguido ver donde no quería mirar. Porque, aunque el camino es duro, también es sanador y liberador. Porque gracias a ti, he podido vivir una maternidad consciente y soltar carga. Porque me has hecho crecer y querer ser cada día mejor. Porque has revolucionado mi estabilidad para volver a poner todo en su (verdadero) sitio. Por tu amor y tu generosidad.

Gracias, pequeña.

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