German photographer Markus J. Grimm Portrait Photography

Markus J. Grimm photography

He dudado si publicar este post. No es tan común exponerse, hablar en voz alta de nuestros miedos, puede incluso que me arrepienta… Pero al final me he decidido, así que ahí va.

Pensaba que, cuando me hiciera mayor, cambiarían ciertas cosas. Que, por el simple hecho de convertirnos en adultos, desaparecerían la mayoría de nuestros miedos. Creía incluso que, cuando uno tiene hijos, simplemente aprende a tener más confianza y se desvanecen las inseguridades.

Inseguridad… Esa palabra que me persigue desde algún momento incierto.

A veces, convivimos en armonía. Yo por mi lado, ella por el suyo. Sé que está ahí, pero no le hago demasiado caso. Se mantiene latente pero sin llegar a asomar la cabeza del todo. Otras veces, aparece sin piedad y se cepilla la razón, la experiencia o cualquier recomendación, y arroya todo lo que encuentre a su paso.

Imaginaba que, pasados los veinte, ¡pasados los treinta!, uno deja de sentirse como un niño y aprende a confiar en sí mismo. En mi caso no. Todavía hoy, muchas veces, me siento igual que una niña, indefensa, absurda. Me doy cuenta y me digo «¿pero, por qué? no tiene tanta importancia, ¡¡no tiene mucho sentido que te sientas así!!». Y sin embargo, y por alguna misteriosa razón, no puedo evitarlo. Está demasiado dentro, es demasiado profundo. La emoción me invade y siento que puede conmigo. No consigo controlarlo.

Muchas veces, me he preguntado de dónde viene todo eso. Si de algo en concreto, de un cúmulo de situaciones, de los valores impuestos, las etiquetas… No es por evadir mi parte de culpa, sino más bien por buscar una posible explicación. Es frecuente que me sienta, no sé cómo decirlo… «menos que los demás».

Tengo la suerte de estar rodeada de gente maravillosa, gente que me cuida, que me quiere. Pero la inseguridad no atiende a razones, la muy canalla. Cuando aparece, me asalta sin avisar y entonces «me veo diminuta» y vence la sensación de que «tengo menos derecho que cualquiera». Da igual de qué se trate, a sentir, a ser, a estar… Simplemente, me siento inferior. No tiene demasiado sentido, no al menos de forma tan generalizada, soy consciente de ello, por eso me da tanta rabia tener la sensación de que algo se me escapa de las manos.

Os parecerá una locura, sé que más de uno se llevará las manos a la cabeza, pero, aunque no lo creáis, cuando leí acerca de lo importante que es la forma de nacer (un tema muy interesante, por cierto, seguro que os sorprendería), me dio por pensar que podía haber influido el hecho de haber nacido por cesárea. Porque no se pudo, porque no me dejaron, porque no me lo merecía… Como si no tuviese el mismo derecho que los demás… Lo digo en voz alta y me suena raro, muy raro, disparatado. Pero supongo que es algo inconsciente, que lo hacía intentando encontrar una explicación.

Nunca es suficiente. Da igual que los demás me digan que está bien, que no hay que compararse, que cada uno tiene su valor. Lo sé, lo veo en el resto, pero para mí no vale. Da igual que sepa con certeza que cada uno somos importantes, y genuinos, y especiales. Pero nunca es suficiente… Creo que por eso le tengo tanta manía a la competitividad, pero ése es otro tema, del que ya escribiré otro día.

Inseguridad. Esa palabra que me aterra legar, y contra la que lucho con afán y sin descanso (sin demasiado éxito por ahora, la verdad, aunque estoy convencida de que en algún momento caerá).

Y hasta aquí mi reflexión de hoy. Sólo espero que no dejéis de verme «con buenos ojos» ¿eh? 😛 Y siento el tostón, pero hay días que a uno le flaquean las fuerzas. Seguramente mañana estaré como una rosa, soy un poco bipolar, jaja… Además, no hay como sentarse escribir los miedos para volver a respirar con calma.

Os dejo también este vídeo que, más o menos, viene al caso. Sorprendente y revelador.

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¡Feliz fin de semana!

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