Snowflakes Stick to my Tongue, by Krista Long via Flickr

Krista Long

La palabra en sí me produce escalofríos. Obediencia. ¿No os suena rollo militar?

Es algo sobre lo que reflexioné la primera vez en aquella charla de los sistemas educativos después de ver un vídeo sobre el Experimento de Milgram. En dicho estudio, se muestran las barbaridades que puede llegar a cometer una persona bajo la influencia de la obediencia.

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La obediencia suele conseguirse a base de imposiciones, castigos o chantajes. Es una forma dominante de adquirir autoridad, lejos de permitir un diálogo flexible de manera bidireccional, donde ambas partes puedan opinar, comprender y ceder. Lo malo de la obediencia es que no hay razonamiento.

La obediencia en los niños

La obediencia ha estado sobrevalorada en el comportamiento infantil. Se solía pensar que «un niño obediente» era infinitamente mejor que «un niño desobediente», ligando este concepto al saber estar, a la correcta imposición de sus padres como progenitores sensatos y merecedores de su posición jerárquica e, incluso, a la inteligencia y a la felicidad de los pequeños, que asumían este comportamiento seguros de que sus papás o mayores SIEMPRE poseían la razón por encima de su inocente pensamiento.

Pero ¿y qué pasa con la obediencia «ciega»? ¿No es acaso una manera más de destruir o de enterrar el pensamiento de los otros? Si uno obedece sin más, sin cuestionarse nada, lo único que se consigue al final es que el individuo abandone sus propios principios y ceda su criterio en beneficio de algo en lo que no siempre tiene por qué estar de acuerdo.

No creo que los niños tengan que obedecer «porque sí» (odiosa palabra), sino que debemos dejarles espacio para que ellos sepan confiar en nosotros en las situaciones que verdaderamente lo merezcan y no de forma autómata. Debemos ser capaces de abandonar esa idea de que los mayores «siempre tienen la razón» y permitirnos escuchar y dialogar con nuestros pequeños porque, además y por suerte, ellos carecen de esa visión intoxicada o enviciada con la que cargamos los adultos y que muchas veces nos impide ver con claridad.

Como otra cosa más, la obediencia desoye la empatía y las emociones, tan necesarias ambas en los procesos saludables de crianza. Permitamos que se desarrollen las mentes libres y dejemos de tenerle tanto respeto a esa horrible palabra que no lo merece.

Feliz viernes ¡¡y feliz fin de semana!!

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