We can do it, by strawberry mohawk

strawberry mohawk

A veces me flojean las fuerzas. A veces me resulta muy duro ir todo el tiempo a contracorriente. Y no es que lo haga porque sea «de corazón rebelde» o «por llevar la contraria», sino porque realmente creo en ello.

Últimamente todo el mundo nos recomienda que llevemos a Elena a la guardería. Ya tiene veinte meses y «al parecer» se va a espabilar mucho, estará con otros niños y además aprenderá a hacer muchas cosas nuevas. Pero ¿y si no tenemos necesidad? ¿Y si contamos con la suerte de poder disfrutar de sus primeros años en casa? De todos modos, tengo que reconocer que, al menos en mi caso, todo el mundo nos lo dice con la mejor de las intenciones, lo que pasa es que, cuando te lo repiten tantas veces, puede empezar a irritarte. Y, además, me da rabia porque yo nunca le diría a un papá o a una mamá por qué le ponen chupete a su hijo o por qué lo dejan dormir solo en otra habitación. Sin embargo, cuando no haces lo mismo que el resto, parece que tienen derecho a preguntarte, para que termines haciendo lo mismo que los demás.

Elena está en una fase en la que no quiere compartir sus juguetes y yo la respeto profundamente, pero la mayoría de las veces vivimos situaciones muy incómodas (especialmente yo, la verdad). Sin embargo, no creo que por llevarla a la guardería vaya a cambiar radicalmente. Una cosa es que, a fuerza de obligarla, termine resignándose. Pero eso no quiere decir ni que sea bueno para ella ni que esté preparada. Sé que lo pasaría muy mal y que no se adaptaría rápidamente. Sé que no está en ese momento, que aún necesita seguir a nuestro lado un poco más. Quizás otros niños tengan una personalidad diferente o quizás lleguen a sentirse preparados mucho antes, las personas somos muy diferentes entre nosotros, pero en nuestro caso sería forzar una situación de la cual todavía no ha llegado el momento.

Yo no necesito que Elena «se espabile», esa maldita frase hecha que estoy harta de escuchar. No necesito que demuestre que se sabe los colores o que conoce un montón de palabras. No necesito enseñarle a otras mamás las «monerías» que hace mi niña. No necesito demostrar nada, porque la veo cada día y sé cómo evoluciona y lo rápido que aprende, al igual que el resto de niños de su edad.

Pero reconozco que, a veces, mis fuerzas flaquean. A base de repetirnos las cosas una y otra vez, al papá de Elena y a mí nos hacen dudar. ¿Estaremos haciendo bien?

Después hablo con alguna mamá marciana, o me leo algún artículo sobre el apego seguro y se me pasa un poco.

Es duro ir a contracorriente. A veces me planteo si necesitamos movernos en un entorno más parecido a nuestra forma de pensar porque, en ocasiones, no encuentro tantas diferencias pero, otras, me siento tan sola… En el fondo sé que quienes abren camino son siempre quienes lo tienen más difícil (y no lo digo por dármelas de heroína, ni muchísimo menos, qué más querría yo), sino que me refiero a situaciones donde una pequeña minoría tuvo que luchar por cambiar la forma colectiva de pensar, por hacerse fuertes y seguir creyendo que es posible también cuando les asaltaban las dudas (por ejemplo, los primeros que lucharon en su momento por conseguir el voto femenino y vale, igual se me ha ido un poco la mano con la comparación, pero no sé si sabéis a lo que me refiero).

Así que dedico este post a todas esas madres y padres que creemos en la crianza con apego (o el nombre que queráis darle) y que, a veces, dudamos, que en ocasiones nos sentimos con menos fuerzas para luchar por lo que creemos, siendo una minoría y caminando a contracorreinte, cuando te da por pensar si «todo esto» tiene algún sentido.

¡Feliz miércoles, mis valientes!

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