Helado

Adwriter

Imagino que nos pasa lo mismo a todos los que tenemos hijos.

Elena ha cumplido ya ocho meses y la verdad es que «está para comérsela». Se me cae la baba. Está muy grande y preciosa y es redondita y suave. Tiene unos mofletes que no le caben en la cara, una naricilla respingona monísima y unas manitas pequeñitas y regordetas, igual que los pies.

Últimamente, ha empezado a interactuar mucho más con nosotros, y la verdad es que lo disfrutamos un montón. Nos tiene conquistados con su repertorio de monerías. Nos saca la lengua, se ríe (a veces incluso a carcajadas), nos deleita con sus sesiones de pedorretas, balbucea…

Cuando te mira con sus enormes ojos sientes que te atraviesa con la mirada. Parece que consigue ver por debajo de tu piel y que no puedes esconderle nada, porque es capaz de asomarse hasta lo más profundo. Es una mirada taaan limpia. Es alucinante.

A veces, cuando me la pongo encima, me mira y se ríe, me sonríe con los ojos y se pone a hablar en su idioma, con su vocecilla. Y entonces yo me derrito. Literalmente. Es una sensación diferente a cualquier otra. Es como si me deshiciese, como si por dentro me inundase la felicidad y los pies se me despegasen del suelo. Es una pasada.

comparte