Como hoy es San Valentín, quería aprovechar para hablaros de dos de mis cuentos preferidos (seguro que ya habéis oído hablar de ellos alguna vez).

La Cenicienta que no quería comer perdices

Hace ya unos años, no recuerdo cómo, descubrí el libro de La Cenicienta que no quería comer perdices. Es un cuento maravilloso, divertido, original y diferente, una reflexión sobre los cánones que se nos imponen desde pequeños y que nos prometen un «final feliz». Según vamos creciendo, inconscientemente, seguimos esperando nuestro final de cuento a pesar de que, como a esta Cenicienta, no nos gusten las perdices ni los zapatitos de cristal y encima el príncipe nos resulte un auténtico plomo.

La Cenicienta que no quería comer perdices

Quiero recuperarlo precisamente el día de hoy porque creo que tenemos que romper con algunos convencionalismos con nuestros pequeños, dejar de asignarles papeles, especialmente si estos no prometen más que una fantasía bastante alejada de la realidad. ¿Qué ocurre si no somos felices y no comemos perdices? ¿Es ése el único desenlace perfecto? Por supuesto que no. Un príncipe no va a salvarnos de nada.

Los príncipes azules destiñen

El segundo cuento que os traigo se llama Los príncipes azules destiñen. El título me encanta.

Al igual que el anterior, trata de romper con todos esos modelos de príncipes ideales y defiende el amor de carne y hueso. Tampoco se trata de esperar y esperar a que el amor llame a tu puerta, primero hay que enamorarse de uno mismo y, el día menos pensado, encuentras un compañero o compañera de viaje.

Los príncipes azules destiñen, de Teresa Giménez

Esperaba a mi príncipe azul pero nunca llegaba.
− Los príncipes azules no existen −decían unos.
− Los príncipes azules destiñen −decían otros.
− El que tenga que ser para ti, tuyo será −decía mi madre.

Mientras, las películas y los cuentos estaban repletos de príncipes maravillosos.
Y yo continuaba esperando…
Y aparecían príncipes y más príncipes…
Pero ninguno era azul y ninguno me daba la felicidad.

Así que un buen día dejé de esperar. −No necesito un príncipe −me dije.
Y entonces ocurrió algo mágico. Mi corazón comenzó a llenarse y a expandirse, ¡parecía tener alas! Y de repente me di cuenta de que todo este tiempo el amor había estado dentro de mí… Y yo no lo había visto porque estaba “esperando”.
En aquel preciso instante me enamoré de mí misma.
¡Y luego apareciste tú!
Y tú no eras azul, ni perfecto, ni eras verde, ni amarillo, ni rojo… ¡Eras de todos los colores! ¡Eras maravillosamente imperfecto! ¡Eras de carne y hueso!
Y no me dabas la felicidad, sino que multiplicabas la que yo sentía. Y eras tierno, y dulce y me llamabas princesa. Y yo me sentía la princesa más afortunada del mundo, de la tierra y del universo porque, finalmente ¡había encontrado a mi príncipe!

También aprovecho para recomendaros este artículo que precisamente me acaban de enviar y que habla sobre esa «carga» invisible (o quizás no tan invisible) que se impone desde los primeros años en la infancia sobre el amor romántico, especialmente a las niñas. Un fantástico texto para reflexionar.

¡Feliz San Valentín a tod@s!

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