Beautiful morning mother daughter, photography by Audrey Brooks

audrey brooks

De repente, todo encaja.

Desde que Elena era muy pequeñita, ha habido una cosa que me ha estado atormentando. En ocasiones, gruñía. No era como otras veces que lloraba porque tenía sueño, o tenía hambre, o le molestaba alguna cosa. Simplemente gruñía. Y yo me preguntaba una y cien veces ¿pero, por qué será? ¿seré yo? ¿será normal? ¿será su personalidad?

Según ha ido pasando el tiempo, ha dejado de gruñir pero siempre ha sido muy exigente, con un carácter fuerte. El papá de Elena me decía que no me preocupara. Aparentemente lo estábamos haciendo todo bien. El pecho a demanda, colecho, porteo, mimos, brazos… Pero seguía igual. Hubo un tiempo en el que creímos que era porque deseaba moverse por sí misma cuando todavía no sabía gatear. Cuando empezó a gatear pensamos que lo que quería era caminar. Pero empezó a caminar y aun así continuaba siendo muy exigente a veces. Y yo seguía muy preocupada, sentía que había algo que no encajaba, pero ¿el qué?

Recuerdo que en una de las charlas de Besos y Brazos, Yolanda González nos habló sobre el porcentaje bajísimo que corresponde a la personalidad de los niños en cuestión de genética; el resto se debe a la educación, al entorno y demás.

Pensé que, según esa teoría, seguramente el problema tenía que ser por algo que yo estaba haciendo mal. «¿Quizás esté proyectando alguna de mis sombras sobre mi bebé y por eso ella lo expresa de ese modo?». «No lo creo», me decía el papá de Elena, pero por dentro yo sabía que había algo que cambiar.

Por aquél entonces (hace ya unos meses), decidí tomar conciencia de esas sombras y trabajar a fondo sobre ellas, para evitar así cargar a mi pequeña con un peso que no le correspondía. Muy pronto, os contaré cómo ha sido todo ese proceso pero, a lo que iba, nuestra situación seguía igual.

Y, casualidades de la vida, comentándolo hace unas semanas en un grupo de mamás, una de ellas me recomendó un artículo llamado «Restableciendo la Armonía». En realidad el artículo trata sobre la mamá de una niña mucho más mayor, pero me sentí absolutamente identificada. Según lo iba leyendo, empecé a darme cuenta de que todo encajaba, ¡que era eso justamente lo que me pasaba! Y además, dado que las recomendaciones son de Jean Liedloff (autora del libro «El concepto del continuum»), sentía mucha más confianza en la sabiduría de sus palabras.

Bien es cierto que mi primera sensación fue venirme abajo. «Lo he entendido todo al revés», pensé. Y me sentí culpable por no haber sabido hacerlo mejor. Pero enseguida sustituí ese pensamiento por uno mucho más positivo. De repente, entendí que no había que forzar las cosas, que también tenía que hacer lo que yo necesitase, no solo «lo que creyese que era lo correcto». Los niños tienen una gran capacidad para percibir si de verdad te sientes a gusto con lo que haces o si, por el contrario, estás forzando un poco las cosas. Aunque pueda parecer una tontería, el ejemplo de limpiar la casa me valió muchísimo. Muchas veces estaba jugando con Elena pero en el fondo pensaba en que tenía la casa hecha un desastre, y eso me suponía un conflicto interno.

Como ya os comenté cuando hablé de «El concepto del continuum», lo que los niños desean es incorporarse a la vida adulta, no que se detenga el mundo por ellos, sino observar y aprender cómo se desarrolla la vida a su alrededor. Pero la teoría y la práctica no siempre son fáciles de soldar. Al leer este artículo, recordé como bien dice la autora que «los niños han de ser nuestros satélites, en lugar de ser nosotros satélites suyos».

Mamá sabe qué es lo que hay que hacer

Otra de las cosas que he descubierto, es que Elena necesita que yo le proporcione un ambiente seguro. Esa inseguridad sobre si lo estoy haciendo bien o no, si seré suficientemente buena madre para ella o si no llego a dar la talla, le produce incertidumbre. Lo que ella necesita es una mamá que sepa lo que hay que hacer. Seguramente yo estaba confundiendo el respeto hacia ella con el hecho de tener que tomar decisiones, aunque a veces no le gusten.

Incluso la culpa es una carga de la que tenía que librarla. Muchas veces, cuando me equivocaba, le pedía perdón a Elena varias veces, dándole quizás demasiado peso a mis errores. No quiero decir que haya que obviar los problemas y no tengamos que rectificar sino que, en mi caso, he de aprender a darle el valor justo a cada cosa.

Además, otra de las mamás nos habló sobre la diferencia entre decir «lo siento» y «pedir perdón». Creo que es una reflexión  a la que jamás hubiese llegado por mí misma. Al parecer, cuando dices «lo siento», estás expresando que te sientes arrepentido de algo pero, por el contrario, al pedir perdón (si dices «perdóname» o «¿me perdonas?») estás haciendo responsable al otro de liberarte de la culpa. Sé que parece un poco enrevesado, pero si lo pensáis tiene bastante sentido.

De hecho, en general, todas estas reflexiones parecen sutiles y a veces incluso invisibles y, sin embargo, pueden suponer grandes cambios.

En mi caso, leer este artículo ha supuesto un antes y un después. En mí y en Elena. Ahora soy más consciente de todo esto, lo tengo muy presente y Elena ha pegado un cambio brutal, ¡es increíble! Ahora la veo mucho más contenta y relajada. ¡Estoy tan feliz! Incluso la gente de nuestro entorno también lo ha notado. Piensan que es porque se está haciendo más mayor, porque ya camina y cosas así pero, en el fondo, nosotros sabemos que es porque se ha quitado un peso de encima. Ahora su mamá se encarga de eso porque así es como tiene que ser. Y todo funciona mejor.

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