Keith Davis Young photography

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Un tema peliagudo. A veces la respuesta no es ni sí ni no. Al menos posponerlo siempre tiene remedio, lo contrario no.

Cuando nació nuestro bebé no lo teníamos del todo claro. Quedaban dos meses para decidirlo antes de la primera tanda de vacunas (aunque ya salió con la de la hepatitis del hospital…).

Estuvimos investigando y leyendo diversos artículos que nos hacían desconfiar pero en ningún momento tomamos una decisión. Surgió, simplemente. Sin hacer nada. Había motivos para hacerlo y también motivos más que suficientes para lo contrario pero al final sentimos que no debíamos vacunar a nuestra hija. Sí, lo SENTIMOS. No hubo nada concreto que nos sacara de dudas pero nuestra intuición nos dijo que no debíamos vacunar. O al menos que esperáramos a que nuestro bebé fuera algo más mayor.

No entiendo porqué las vacunas son diferentes según la comunidad autónoma y además me parece realmente excesivo inocular a un bebé de dos meses nada menos que ¡ocho vacunas de golpe!

Leyendo acerca de este tema en la red, me encuentro con el artículo vacunar-o-no-vacunar y me siento absolutamente identificada (salvo porque solamente tengo una hija y aún tiene cinco meses, claro).

De este vídeo podemos extraer tres puntos fundamentales:

  1. Tomar conciencia de que somos víctimas de creencias sembradas y del miedo. Es necesario un conocimiento libre de cualquier influencia subliminal.
  2. Buscar información y practicar la auto-observación (es decir, observar qué sentimos al recibir la información para saber qué es lo que queremos). También es posible dejar el tema en reposo y retrasar el calendario de vacunas, no tiene que ser todo o nada.
  3. Tomar nuestro poder, no delegarlo. El niño es responsabilidad de los padres, no de los médicos. Lo importante es el sentido común, más que una demostración científica.

Así, las conclusiones a las que llega la pediatra en la ponencia son:

  • Las vacunas son perjudiciales e innecesarias.
  • No aportan ningún beneficio preventivo y sí aportan un desequilibrio ecológico importante.
  • Son una agresión imperdonable a un cuerpo virgen en estado de salud.
  • El sistema inmunológico de los bebés es aún inmaduro, está en plena formación, y no puede responder a la información recibida por la vacuna (al menos no a los dos meses, como mucho es mejor retrasarlo algo más).
  • Es una manera muy sutil de introducir al ser humano en la dependencia del sistema sanitario.
  • A pesar de la presión médica y social, ninguna vacuna es obligatoria.
  • En muchas ocasiones se vacuna solo por miedo y no se confía nada en la autocuración del cuerpo humano y la sabiduría de la naturaleza.
  • Si un niño no está vacunado no pone en peligro a los demás. Si un niño está vacunado se supone que no tiene riesgo y además es éste el que pone en peligro al no vacunado pues es portador.

Se suele tachar a los padres antivacunas de irresponsables e insolidarios por «aprovecharse» de que el resto de niños están vacunados y el suyo no. En realidad, la vacuna puede producir enfermedad. El vacunado puede contagiar al no vacunado, pues el no vacunado no porta nada.

Por supuesto que hay artículos donde también se desenmascaran los intereses económicos de algún movimiento antivacunas (como es el caso de Andrew Wakefield) pero también están los casos en los que las farmaceúticas manipulan y distorsionan sus estudios para vender cualquier cosa, pese a costa de la salud pública. Al final ni unos ni otros merecen mi confianza puesto que juegan con el miedo de las personas para llenarse los bolsillos al margen de cualquier ética.

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