Viñeta ajedrez Mafalda

Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz. La gente educa para la competencia, y la competencia es el principio de cualquier guerra.

No sé si os suena esta frase. Yo la descubrí en el documental «La educación prohibida» y pertenece a Pablo Lipnisky, fundador del Colegio Montessori de Bogotá.

Ya os hablé el otro día de lo poco que me gusta la competitividad cuando escribía sobre lo insegura que soy a veces, pues creo que puede ser una de las consecuencias de la misma. Considero que es algo que está tan integrado en nuestras vidas, que ni siquiera lo percibimos habitualmente, pero que puede hacernos bastante daño. Me doy cuenta sobre todo ahora, cuando Elena crece y empieza a jugar pues, desde la inocencia del juego, ya iniciamos a nuestros pequeños en la competitividad. A ver quién llega el primero, a ver quién es el que cuela la pelota más veces, a ver quién termina antes…

Bajo mi punto de vista, no existe la «competencia saludable». Competir signifca ganar, pero también significa perder. Como dice Lipnisky, todos quieren/queremos ganar, ninguno queremos perder, y ahí es cuando aparece el conflicto. «Hay que saber perder», nos dicen, «hay que saber ganar», escuchamos… Estamos tan acostumbrados a vivir envueltos en un mundo competitivo que no concebimos la «no competición». En el deporte,  en los concursos de la tele, en el colegio, incluso en los juegos que aprendemos de niños… Y encima nos convencen de que es algo bueno porque, en realidad, es lo que quieren que pensemos. Al fin y al cabo, vivimos en una sociedad de consumo. Como decía el otro día en su entrevista Alberto San Juan, hemos crecido en una sociedad capitalista, en los valores de productividad y competitividad, y esto es algo que puede llegar hasta anularnos.

A todos nos cortan por el mismo patrón

Estoy absolutamente a favor de la evolución, de la superación y del crecimiento personal pero no si para ello es necesario competir. Me parece que, a veces, la línea que lo separa es bastante borrosa y, por tanto, difícil de distinguir. Estamos demasiado acostumbrados a compararnos. Nos han educado en un ambiente de evaluación, donde no se tiene en cuenta la singularidad, ni la particularidad, ni la excepcionalidad de cada individuo, donde perdemos lo genuino de cada persona en favor de unos moldes imposiblemente iguales para todos.

El hecho de que seamos distintos no quiere decir que no podamos ser cada uno el mejor. El problema, son los patrones. Creo que la viñeta siguiente ilustra perfectamente lo que quiero decir.

Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz. La gente educa para la competencia, y la competencia es el principio de cualquier guerra

¿Por qué no una educación basada en la cooperación y en la colaboración? En algunos aspectos nosotros tendremos mayor facilidad, en otras cuestiones habrá a quienes les resulte más fácil. ¿Por qué no nutrirse unos de otros, en lugar de competir? Está claro que todavía hay que revisar un montón de paradigmas de la educación.

Los juegos cooperativos

No sé si habéis oído hablar de los juegos cooperativos. Son juegos en los que no hay ganador ni perdedor, sino que es todo el grupo quien persigue un mismo objetivo y, por tanto, han de colaborar unos con otros y es la propia diversión la que prima por encima del resultado.

Por ejemplo, el famoso juego de las sillas. En lugar de ir elimiando participantes, los jugadores tendrán que sentarse unos encima de otros según se vayan quedando sin sillas. Cada vez se vuelve más difícil, pero también más divertido.

En la medida de lo posible, y aportando mi pequeño granito de arena, procuro eliminar la competición de los juegos o por lo menos que la expresión «vamos a echar una carrera» signifique para mi hija simplemente echar a correr, y no en ver quién llega primero. ¿Os animás a hacerlo conmigo?

Para terminar, os dejo este vídeo cortito de Pablo Lipnisky, que seguro que os inspira tanto como a mí.

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No tienes que ser mejor que otros. Sé tú mismo.

¡Feliz martes!

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